Regalos de Mamá

Los niños en vida escolar pintan tarros, hacen flores en fomy, estampan sus huellas y dibujan mariposas para darle un obsequio a sus padres en cuanta fecha especial se ocurre.

Yo no sabía que ser mamá implica, además de una nueva vida, la decisión sobre si almacenar o no todos los regalos que los niños nos traen de la guardería y el colegio. Y es que si sumamos día de la mujer, día de la madre, día del padre, amor y amistad, cierre de año y navidad, y lo multiplicamos por los años que los niños pasan entre el jardín y el colegio, es probable que necesitemos un cuarto útil de buen tamaño para guardar tanta manualidad en la que muy probablemente nuestros hijos sólo pusieron la firma, mientras las maestras se arrancaron las pestañas produciendo.

Recuerdo un recipiente de icopor convertido en tortuga que guardó aretes de mi mamá durante muchos años. Y no me queda claro si ella conservó ese esperpento como un recuerdo de mi infancia, si valoró mis torpes trazos de vinilo verde, si no tuvo dónde más guardar su bisutería, o si creyó que yo 20 años después me consideraría amada por haber compartido parte de mi vida con esa tortuga.

Tubos de papel higiénico, materas, arcilla a punto de quebrarse, espuma, papel globo desteñido por jugo de lonchera, tarros de yogurt convertidos en maracas, huellas cuya mano ya no sé reconocer, o tarjetas con declaratorias de amor en escritura incipiente. Confieso que en muchos casos siento dolor de planeta cuando las profesoras gastan espumas e icopores que en la mayoría de los casos van a parar a la basura. Y en otros casos, cuando puedo intuir que algo de eso que veo lo hizo alguno de los hijos, se me infla el corazón y compruebo la subjetividad del arte y la belleza.

No he podido encontrar dónde poner los que hasta ahora he recibido, y sólo se me ocurre pensar en el montón que me falta por guardar por un tiempo hasta sentir que ya pierden sentido y se convierten en material reciclable. Pero confieso que cuando he visitado oficinas en las que el ejecutivo que me atiende luce sobre su escritorio un portarretratos hecho en palos de paleta, me derrito de amor y me río internamente al imaginarme a la mamá de sus hijos diciéndole “llévatelo para tu oficina, se debe ver lindo con esta foto” . Pues en esta casa ni papá ni mamá somos hinchas de ese tipo de artefactos manuales, o al menos por ahora que sabemos que nuestros hijos no tienen la habilidad manual para recortar fomy ni pegar ojos diminutos en caras de conejos perfectamente armados por manos adultas.

Llegará el día, sin duda, en el que llenemos cajones con tarjetas que nos pusieron a llorar de amor y nos hicieron sentir los mejores papás sobre la faz de la tierra. Y llegará el día en el que yo decida guardar mis aretes en un recipiente pintado de verde con ojos y patas, sin que me entere siquiera de estar frente a una tortuga.

Esos regalos de mamá con los que nos llenaremos el alma, aunque vayan a dar a la basura. Esos regalos en los que la S está invertida y la proporción de cada letra alterada, pero nosotros leemos claramente “TE AMO PAPÁ. Salomón P”

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