No Somos lo que Hacemos

Hay una diferencia contundente entre ser y hacer. Y si la enseñaran en cualquier escenario de la infancia, creo que nos ahorraríamos mucho conflicto fundamentado en prejuicios innecesarios.

Una cosa es lo que hace parte de uno como ser humano, lo inherente, lo esencial y lo propio. Y otra cosa es lo que uno hace, las decisiones tomadas, lo aprendido y los caminos elegidos. Ni en un retiro espiritual lograremos incorporar las sutilezas de esa diferencia, y a lo que voy con esta publicación es a la posibilidad de transformar la manera de entenderlo desde la infancia.

Me di cuenta del valor de esa diferencia cuando Salomón, cerca de sus 4 años comenzó a quejarse cuando no lograba algo, a poner quejas cuando sentía que alguien hacía algo mal, y a juzgar situaciones que, a mi modo de ver, podrían tener una mirada más positiva.

Cuando un niño expresa lo que siente, usa poco filtro, y por eso sus comentarios suelen ser geniales y, en especial, genuinos. Así que no quiero re-editar cada cosa que el hijo mayor dice porque confío en su instinto y en su percepción, y creo que quejarse es un derecho que debería ser constitucional, pero quejarse a costa de la emocionalidad propia y, peor aún, de otros es algo que quise revisar desde el lenguaje como herramienta de crianza.

Tengo tres ejemplos en los que renombrando expresiones de mi hijo, hemos aprendido que hay cosas que uno decide hacer que no configuran una condena perpetua en lo que uno es.

  1. Sobre la capacidad

Es común que un niño diga, grite o llore “No soy capaz” cuando no logra conseguir algo que se ha propuesto. Parece además natural que el ser humano de entrada se descalifique a sí mismo sin pensarlo dos veces.

Y en ese sentido, quisiera que los niños crecieran sabiendo que sí son capaces de lograr cualquier cosa que se propongan, y que puede no ser fácil, que deberán replantear las maneras de lograrlo, que pueden tomar otras decisiones pero que ellos, en esencia son seres capaces.

Así que cuando Salomón grita enfurecido “aaaaahhh no soy capaz” veo en su cara la frustración, y la reconozco necesaria así se me parta el alma. Lo acompaño mientras se calma, le propongo que busque otra manera de lograrlo, le reitero que yo lo entiendo. Y cuando finalmente se calma y decide hacerlo de nuevo, le digo: “Tú eres capaz, y hay cosas más fáciles que otras”

Entonces no lo condeno como ser humano a la incapacidad, sino que le doy a cada situación la justa medida.

  1. Sobre el respeto:

El niño habla de lo que ve a su alrededor y lo compara con aquello que le han dicho sus papás sobre el entorno. Es ahí cuando a veces pareciera que ponen quejas, porque señalan como “malo” todo lo que se aleja de lo aprendido en casa y como “bueno” lo que se parece a lo que le han dicho en casa. Entonces contarle que hay diferentes maneras de hacer las cosas, que en cada familia hay unas normas y principios diferentes a los nuestros, que no hay alguna mejor o peor, es mi camino para enseñarle a respetar la diferencia.

Sin embargo hay temas con los que Salomón insiste en quejarse. “Fulanita es mentirosa” o “Peranito es muy grosero” dice a veces. Y hacerle ver que decir mentiras no es lo mismo que ser mentiroso, me ha parecido un reto en la transformación de la mentalidad, especialmente de la mía.

  1. Sobre los rótulos:

En este caso, no es algo que los niños digan sino los mensajes que les llegan a los niños de parte de nosotros como papás o como adultos a cargo. Cuando un niño no recoge los juguetes, decimos “porqué eres tan desordenado”; cuando no se levanta a tiempo o no se camina al ritmo nuestro, decimos “deja de ser perezoso”; cuando no saluda, se despide o da las gracias, “no seas maleducado”.

Y si revisáramos lo que culturalmente, sin pensar y sin pasar por el corazón, les decimos a los niños que son, entenderíamos que desde el lenguaje los estamos condenando a conductas que podrían elegir cambiar. Por eso procuro en esos casos pedirle lo que espero que haga: “Recoge tus juguetes” o “recojamos antes de salir”; “Hoy tenemos menos tiempo, debemos bañarnos más rápido”; “Siempre saluda al llegar” y vamos incorporando las normas y los límites desde el respeto, sin calificarlos en su esencia.

 

Sé que es de esas cosas que suenan fáciles de lograr pero que en la práctica, en medio del dilema emocional del hijo, del cansancio de la mamá, del enojo del papá o de todas las anteriores, es poco probable encontrar la calma para mantener la consistencia y la coherencia. Pero le apuesto a la posibilidad de que mis hijos no se condenen a ser algo que no son, creo que la manera de acompañarlos a ser mejores, consiste en darles la posibilidad de salir de una conducta que ellos han elegido pero que no los hace necios, mentirosos, tercos, incapaces, groseros, o desobedientes.

Llamar las cosas por su nombre es uno de mis propósitos como mamá, y como persona. Y un gran regalo para los hijos, es poder sembrar en ellos ese aprendizaje.

 

 

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amosermama

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