Las Palabras Mágicas

Saludar y despedirse, pedir el favor y dar las gracias son principios básicos del manual de urbanidad de Carreño que parecen haber pasado de moda en las nuevas generaciones de mamás.

Aunque suene a la tía más beata de la fiesta, les pido a mis hijos que saluden a los vecinos en el ascensor así como se despiden del papá todas las noches, que pidan las cosas con “la palabra mágica” y cuando alguien tenga una buena intención, sepan agradecerla. No creo que haya que forzarlos a saludar con una sonrisa en la boca ni a viva voz y mucho menos exigirles que le den besos a nadie para despedirse, pero sí creo que la convivencia tiene unas reglas básicas que hemos dejado de cumplir.

El ser humano se demoró un millón de años desarrollando su corteza cerebral y, gracias a ella, somos la única especie capaz de hablar. Y así y todo, no saludamos. Por elevados, por andar mirando el celular, por ir a las carreras o por preocupaciones que ocupan nuestra mente e invisibilizan a los demás seres humanos. No hay excusa para mí ni quiero que mis hijos las tengan.

Me da la impresión que hemos malentendido algunas teorías y prácticas de crianza que privilegian el respeto al niño y protegen su integridad emocional y física. Yo creo en la Crianza Respetuosa o con Apego, promuevo la Disciplina Positiva y la posibilidad de formar desde la empatía y con la feliz decisión de no forzar a mis hijos a cumplir mis sueños sino a seguir sus propósitos. Además, estoy segura de que ser la mamá y el piloto de este avión, también representa mostrarles a mis hijos el camino que, a mi juicio, más nos conviene como familia y como individuos.

Ese camino es, para nosotros como papás de dos niños, en comunidad. Creo en la importancia de las buenas costumbres al interior de nuestra cotidianidad y también en la sociedad de la que hacemos parte. Y decir gracias puede parecer simple, inconsciente y automático para los que desde pequeños lo hacemos, pero es una de las cosas que ahora los niños no hacen y las mamás no les piden ni les muestran el sentido y la importancia.

Algunas de las cosas que me han funcionado para establecer esas cuatro palabras como parte de nuestra rutina son:

  1. El ejemplo: Esto es la frase más trillada de la crianza, y la más cierta. Si yo no saludo a la vecina y, al contrario la miro feo, no tengo cómo pedirle a mis hijos que saluden a la misma señora que, a decir por mis actos, parece ser mala.
  2. A viva voz y sin pena: les digo a mis hijos cuando vemos a alguien “saluden niños” y eso a veces parece ser invitación para el extraño que iba a seguir de largo sin saludar.
  3. “No te escuché saludar”: Nos encontramos a un vecino y yo primero lo saludo, si el hijo no saluda, le digo “no te escuché saludar” y funciona!
  4. Por favor: Aprender a hacer las cosas por sí mismos me parece fundamental, así es que siempre le pido al hijo mayor (pronto, al menor también) que si quiere jugo vaya a la cocina y busque su vaso, y que si necesita ayuda pida el favor. Eso los hace conscientes de los procesos y les enseña que hay esfuerzo en cada jugo servido, así que deben agradecer a quien lo haya servido. Y cuando oigo al hijo mayor pedir algo como dando órdenes “más jugo” me ha funcionado pedirle “la frase completa” que equivale a “mamá me das más jugo por favor”.
  5. Gratitud: Más que la palabra, en efecto sanadora, gracias es la oportunidad de enseñarles a los niños a agradecerle a los demás y a la vida. Por un servicio, por un regalo, por un desayuno caliente, por un uniforme planchado, por sostenernos la puerta del ascensor, por un buen deseo, y por disfrutar un fin de semana junto a ellos. Y para los casos en que no escucho esa palabra salir de su boca, recurro al consabido “cómo se dice?”. Los niños aprenden fácil a dar las gracias por lo que dan por sentado y, en especial, aprenden a agradecer con el corazón todo aquello que los sorprende.

 

Toda mi lora al respecto ha surtido efecto. Además, porque también hago respetar sus posiciones cuando eventualmente están tristes y no quieren saludar, o cuando en expresión de su manera de ser no dan besos ni abrazos a las abuelitas y, mucho menos a conocidas que se creen de la familia.

Yo no sé si sea cantaleta de la vieja guardia, o si yo sea una anticuada. Pero estoy convencida del poder de las palabras y de la posibilidad de incorporarlas en nuestra vida diaria. Así que seguiré con mi tarea de ponerlo en práctica desde la consciencia para enseñarles a ellos a sentirlo y decirlo.

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