Cómo Sobrevivir 4 días en un Hospital

Hay mamás que dicen que uno de los dolores más grandes es ver a un hijo enfermo. Yo no había sentido ese dolor, y no le deseo a nadie que confirme el dicho en carne propia.

Una gripa, una fiebre o un machucón no son enfermedades. Son mecanismos de defensa de un organismo, o virus que resultan de socializar en guarderías, o consecuencias de la exploración de un niño. Todas nos enseñan a soportar un poco esa sensación de impotencia y a encontrar remedios caseros y estrategias alternativas que a cada uno de nuestros niños les da sosiego o los altera aún más.

Ir a un hospital y tener que estar ahí por mucho más tiempo que lo que dura una nebulización era algo que no tenía en mi imaginario de mamá. Hasta que un viernes en la tarde, el menor tenía una tos que por cosas del instinto me sonó rara y elegí llevarlo a urgencias porque el agua de panela con jengibre, la crema de tomillo en pecho y pies, y los baños de vapor con eucalipto no habían surtido efecto.

De urgencias nos remitieron a un hospital porque la oxigenación de su sangre estaba por debajo de los niveles normales. Y yo, que a veces me opongo a la medicina tradicional, corrí a internarme junto al pequeño sin saber los días que me esperaban. De viernes en la noche a lunes en la mañana pasa una eternidad para una mamá viendo a un hijo conectado a un cable de oxigeno que le impide desplazarse.

Aunque en mi solidaridad de madre, deseo que ninguna otra tenga que usar estas recomendaciones, les comparto mis ideas para que esos días que tengan que pasar en un hospital, sean un aprendizaje llevadero:

  1. El lenguaje:

Si para los padres es una situación de impotencia, para los niños, especialmente en edades pre-verbales, es abrumador. Así que propongo explicarle al niño lo que sucede. En dónde estamos, quién lo va a tocar y para qué, cómo se va a recuperar y, lo más importante, que siempre estará con mamá y/o papá.

Hablar en positivo y en presente me sirve para mi propia tranquilidad y para darles serenidad. “Estás bien” “Vuelves a casa sano” “Despídete de esa tos” y “confía” se convirtieron por esos días en mi discurso y mi amuleto. Y cuando los amigos y familiares nos llamaban a preguntar por su salud, no decíamos “Lorenzo está enfermo en el hospital” sino “Lorenzo está en el hospital poniéndose bien”. Son sutilezas y habrá quien crea que estoy loca, pero he comprobado que son grandes diferencias y que si eso resuena en mí es porque debo atenderlo. Así que llamar las cosas por su nombre, y nombrar desde el amor me ha funcionado.

  1. Objetos Transicionales:

Cobija, almohada, peluche o juguete preferido. Trae al hospital todo aquello que tú consideras que a tu hijo lo remite a su hogar y le da confianza. Trajimos su cobija, no una recién lavada sino una que oliera a su cama y a su propio sueño; una guitarra que ha elegido como su compañera, y un arca con animales para encajar en la que invierte su atención al jugar. Trajimos el calor de hogar a un lugar inexistente y de nadie, para que él sintiera que estábamos bien acá, y que nosotros, sus padres, aprobábamos nuestra estadía en el hospital.

  1. Rincón de Juguetes:

Lo que no esté explícitamente prohibido, está tácitamente permitido. Así que nosotros movimos los muebles de la habitación y la invadimos con nuestra presencia. Trajimos además las pistas de tren que recorre por ratos con trenes de madera, los perros de plástico, algunas pelotas que suele perseguir en casa. E hicimos un rincón de juego en el que pasó contento mientras los médicos consideraban prudente regresar a casa. Incluso convertimos en pelotas, los guantes de látex para demostrar que la diversión y el juego son necesidades primordiales de todo niño, en especial los que atraviesan por procesos de salud.

  1. Trasladar rutinas:

El sueño, la alimentación y los ritmos en general, se alteran en medio del proceso de salud. Sin embargo, recurrimos a momentos como el baño, el tetero, y la hora de dormir para implementarlos lo más cerca posible de la vida cotidiana. Al despertar jugamos después del tetero, nos bañamos y desayunamos, salimos de paseo por el hospital, recogimos piedras y regresamos a los procedimientos médicos correspondientes.

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  1. Dormir con el niño:

En hospitalización pediátrica ni siquiera debería existir la opción de convertir en cama un sofá de la habitación. Dormir con el niño es la mejor manera de decirle a su sistema nervioso central que está sano y salvo. El calor, el olor y el contacto con mamá/papá llegan a todos sus sistemas, en especial, al sicosomático y lo inundan de sensaciones y emociones positivas. Eso sana, está demostrado. Además tienes control de su temperatura, su ritmo, su respiración y su sueño para intuir si va por buen camino. Así que mientras se pueda, en la cama con el niño.

  1. Movimiento:

Por lo general, un niño en un hospital debe estar en la cama debido al suministro de algún medicamento. Sin embargo, el movimiento es fundamental. Cuando estuvimos en la cama sin posibilidad de desplazamiento, recurrimos a juegos como bicicleta, marcha cruzada, extender los brazos y cerrarlos en abrazo propio, y manos arriba y abajo. Solicitamos momentos en los que fuera posible quitarle los cables a Lorenzo para ir a caminar e incluso recorrimos el piso 3 de la Clínica El Rosario con oxigeno en mano.

Mientras iba requiriendo menos oxigeno, nos dedicamos a caminar por el corredor, e incluso corrimos un poco, con el objetivo de demostrarle al cuerpo y sus sistemas que Lorenzo mejoraba.

  1. Romper algunas reglas:

Tengo entendido que un niño en hospitalización no debe abandonar su habitación, ya que hay protocolos médicos y horarios específicos de suministro de medicamentos. Tengo que confesar que nosotros pasamos la mitad del tiempo fuera de la habitación. A ver, Lorenzo tiene un año y medio, su cerebro está haciendo más conexiones que nunca, su cuerpo está reconociéndose en este mundo, así que una habitación se agota en cuestión de media hora. Entonces, cuando le quitaron el oxigeno, Lorenzo nos acompañó a almorzar, jugamos en las rampas del hospital e incluso intentamos meterlo a la fuente que desde la habitación miraba con ansias, pero el agua era tan fría que él mismo desistió. Si la situación médica del niño lo permite, vale la pena aprenderse los horarios de los medicamentos y los procedimientos para estar en la habitación a tiempo, pero también vale la pena romper algunas reglas para cambiar de ambiente, para permitirle moverse, y para disfrutar un poco en medio de tanta presión.

 

Así pasamos cuatro días. El primer día muy quietos, adaptándonos a la idea y superando el temor, y los demás días haciendo de nuestra estadía en el hospital un tránsito seguro que además se convirtió en una experiencia positiva. A las 5:45am de los siguientes días, Lorenzo en pijama daba su primera ronda por pasillos silenciosos donde otros niños se recuperaban y otros padres pasaban noches en vela rezando por el bienestar de sus pequeños.

 

Deseo que las mamás no tengan que pasar ninguna noche en un hospital cuidando de sus hijos. Y creo que la enfermedad no es nada más que un proceso de aprendizaje familiar, que nos une, prende alarmas, nos apaga el modo automático de vivir, nos conecta con la gratitud y nos exige estar presentes. De eso se trata la maternidad: de la presencia que fundamenta la vida de ese niño que tras 4 días de jugar dentro de las sábanas, cantar mientras lo nebulizaban e intentar entender el catéter que tenía en su mano, regresó a casa con la alegría ejemplar de quien es feliz.

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