Ganar o Perder

Todos los seres humanos queremos ganar. Y yo como mamá, quiero que mi hijo gane en las metas que se propone, y también quiero que entienda que hay competencias más importantes, que hay momentos en los que otros ganan, que lo importante es disfrutar y que la vida no depende de ese partido de fútbol.

Sin embargo me ha costado definir mi postura como mamá frente al deseo de ganar que ya se evidencia en el hijo mayor. No me di cuenta en qué momento se convirtió en aquel niño que en toda situación ve la oportunidad de competir y la posibilidad de ganar, no fui yo quien le dijo que la vida era un concurso. Creo que estamos atravesando por una etapa, que afortunadamente no tiene rótulos desalentadores como “los terribles dos”, pero que con seguridad es un momento en el que todo niño se mide a sí mismo y a sus papás para construir en su carácter los conceptos de ganar y perder.

Si Salomón es el primero en levantarse corre a nuestra cama a decirnos “les gané”, a veces se sienta a comer y se esfuerza por vaciar su plato antes que nosotros para decir “les gané”, sale del ascensor y pone todo su empeño en dar cinco pasos rápidamente para tocar la puerta de la casa y decir “te gané”, si estamos jugando a hacer filas con carros o animales (extraña manía además) dice “te voy ganando”. Confieso que me parece muy lindo mi hijo pero a veces me cae gordo con tanta lora al respecto.

Decidí entonces pararle bolas y dejar de blanquear ojos cada que el hijo busca competir para ganar. Leí un par de publicaciones al respecto y me dediqué a observarlo por unos días, incluso tomé notas para que dimensionen mi nivel de intensidad.  Acepté el proceso, dejé la neura, no me eché culpas y comprendí que para que yo hoy no me la pase pensando en ganar o perder y disfrute juegos y concursos sin mayores frustraciones, tuve que haber pasado por una etapa y unas situaciones en las que asumí que ganar es una delicia, que ser virtuoso en cualquier habilidad es chévere, pero que el mundo no se acaba cuando otros ganan y yo pierdo.

Me puse en una tarea en la que sigo: mostrarle al hijo que ganar es chévere y perder no tan chévere, que hay que aprender tanto a ganar a como a perder y que cuando seamos viejos todavía estaremos frente a situaciones de triunfo y derrota, pero que es desde niños que podemos decidir pasarla bien siempre, así de simple, ganando o perdiendo. Estas son algunas de mis estrategias:

  1. Un buen ganador:

Cuando Salomón comenzó su exploración por la sensación de ganar, comenzó a nombrarlo en virtud de ganarle a otro, y de decir a viva voz “perdiste”. Fue desde ahí mi incomodidad al respecto y le mostré la diferencia entre decir “gané” con una emoción positiva y decir “perdiste” generando una emoción negativa en el otro.

Pactamos entonces siempre hacerse responsable de lo que pasa con él y no referirse a lo que pasa con los demás. Es obvio que cuando él dice “gané” hay alguien más que perdió, pero no hace falta decirlo.  Así que es un acuerdo, y hasta ahora parece ser fácil para él.

  1. Un buen perdedor:

Explicarle también que perder es posible y que su contrincante se emocionará tanto como él cuando gana, me ha servido para enseñarle a estar en los zapatos del otro, tanto ganando como perdiendo.

Y ponerlo a pensar en cosas simples que se ganan cuando se pierde me ha parecido una bonita manera de cambiar el observador:

  • Ustedes se levantaron primero y yo perdí – me dice con puchero bien estructurado
  • Sí, perdiste – le digo confirmando la realidad.
  • Y veo que estás triste, le digo validando su sentimiento y ayudándole a nombrarlo.
  • Pero qué crees que ganaste? – le digo como con tono enfiestado y él responde alzando cejas y buscando algo positivo
  • Que dormiste más, descansaste más y hoy vas a poder correr más rápido que mamá – le completo el ejercicio.

Él podrá mirarme con cara de “no es suficiente para mí” y en otros casos es más complejo encontrar cosas positivas que se ganan al perder, pero creo que sólo plantear la pregunta puede ir cambiando el chip. Conocer a un nuevo amigo en un partido o pasar bueno en una rifa pueden ser algunas maneras de ganar perdiendo.

  1. La carrera de la comida:

Sentarnos a comer ha sido toda una competencia. Y lo veo con la boca embutida de comida e intentando meter una cucharada más, sólo para decirme “te gané” y sentir ese fresquito en el pecho que yo también he sentido y disfruto sentir.

No cohibir sus juegos es además una de mis nuevas metas, porque creo que a veces nos excedemos con “eso no se hace” y permitir que pasen cosas por fuera de mis esquemas puede resultar chévere. Por ejemplo, hemos usado la carrera de la comida para días de menor apetito o mayor dispersión a la hora de estar en la mesa. En otras ocasiones saco la mamá rosada que me habita y digo frases moralejudas como: “todos ganamos al comer, porque nos alimentamos” “yo también gané porque comí ensalada entonces voy a tener más poderes” o “gana el que coma más tomate”, y tonterías del estilo que me ayudan a, nuevamente, cambiarle el observador y proponer otras cosas a partir de ganar y perder. 

  1. Quién llega primero:

Cuando empezamos este proceso yo a veces me ofuscaba porque me parecía errado el tono, o el exceso de intentos por ganar en un día. “Hagamos una carrera” era a toda hora su juego preferido y yo, en muchas ocasiones no quería correr ni sudar más de lo que corro y sudo en función de mi día a día. Pero descubrí un enorme potencial para solucionar dificultades en eso de “quién llega primero”. Estar cansado en un centro comercial ya no se resuelve con Salomón diciendo “cárgame” y menos a los cuatro años y medio, sino con la mamá diciendo “quién llega primero al carro” o salir de la casa en una mañana en la que probablemente lo deje la buseta se resuelve con “quién llega primero al ascensor”. Y eso implica que debo correr y sudar cuando él lo propone en escenarios menos convenientes para mí.  Así es que he aceptado el juego e incluso lo he adoptado como uno de mis preferidos.

El lenguaje ha sido mi mejor aliado para comprender con mi hijo que ganar y perder son cosas que pasan, y que en ambos casos la vida sigue.  Pero en especial el lenguaje ha sido mi mejor aliado para que ganar o perder sigan siendo un juego en muchas ocasiones, y a partir de ahí definirlos dentro de la estructura de su personalidad será probablemente (y ojalá) más sencillo.

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