Ella tuvo la culpa

Muy pocas madres se salvan de haberle echado la culpa a la maternidad por asuntos correspondientes a la edad, a la falta de planeación, al estrés, a las presiones infundadas, a la relación de pareja y a la evolución misma del ser humano.

Y las oigo (y me oigo) en las filas del supermercado o en los ascensores:

“No mija, eso era cuando yo no tenía hijos”

“Es que con hijos a qué horas pues?”

“Uno ya con hijos, no está pa esos trotes”

O hay expresiones acotadas que seguramente pronto aparecerán en el diccionario de la Real Academia de la Lengua como “cuerpo de mamá” “frase de mamá” “horario de mamá”.

Y digámonos la verdad: la maternidad es pa machos! Pero como a los machos la vida no les da para gestar, parir, lactar, trasnochar, madrugar, pensar, empacar y considerar todas las variables al mismo tiempo, la maternidad es asunto de mujeres valientes. Mujeres dotadas con una asombrosa habilidad de quejarse, con incapacidad de llamar las cosas por su nombre, con cualidades únicas para victimizarse, y con un dedo señalador que apunta a todas las demás mamás con tal de no ser pillada en las propias imperfecciones.

Así que en estos días en los que nos hacen desayunos especiales, nos compran regalos que pedimos hace dos navidades, recibimos tarjetas con letras invertidas, y acumulamos manualidades pensadas y ejecutadas por las profesoras de nuestros hijos, yo confieso las 5 situaciones en las que he pasado de agache y me he escudado en la maternidad para no cambiar:

  1. Los kilos de más:

Cuando el bebé tiene 6 meses y uno sigue usando jeans con resorte, mucha gente dice (apelando al temor de despertar una depresión postparto o mintiendo por admiración a la nueva madre) que estás muy flaca, que “ya casi estás como si nada” o que debes alimentar bastante a tu hijo para usufructuarte de la quema calórica propia de la lactancia. Pero cuando el hijo tiene 2 años y uno no volvió a la talla previa al embarazo, es cuando hay que decir “es que uno con dos hijos… antes mucha gracia”.

Así es que ya regalé los jeans que usé antes de embarcarme en esto, y asumí que este es mi cuerpo de mamá y que tengo permiso de tenerlo como yo quiera, precisamente por ser mamá.

  1. La flojera para trasnochar:

La estrella de rock que me habitaba antes de ser mamá, que trasnochaba jueves, viernes y sábado, que trabajaba o estudiaba de manera responsable, que se levantaba a hacer ejercicio y que no sabía decir “no, gracias”, ha sido degollada por la maternidad.

Todavía anhelo una fiesta hasta pasada la media noche y cuando me doy el gustico, me arrepiento por los cuatro meses siguientes hasta que me vuelvo a antojar. Y así tengo tres fiestas de respeto al año y tres guayabos largos. Yo no creo que la maternidad le robe a uno las ganas de salir de fiesta, o de tomarse una copa de más, pero lo que queda mutilado para siempre es la posibilidad de dormir esa copa de más hasta que el cuerpo la supere.

Entonces asumí que si los hijos se quedan con los abuelos hay que gastarse ese favor. Se va de fiesta y después de dos tragos y tres canciones de salsa, el cuerpo queda como en día sin colegio de los niños. Y otras veces, la mejor manera de invertirlo es yendo a cine y dormir de 8 a 8 para superar una semana más.

  1. La falta de glamour:

Uno antes no salía ni a la esquina en chancleta y sin baño alguno, ni llegaba al trabajo con cara lavada o restos de pestañina del día anterior. Y ahora uno ve mamás que le echan la culpa a los hijos de su parecido con doña Florinda. Y no es pues que yo viva como un bizcocho, con el manicure impecable, el pelo recién cepillado o tacones de charol. Pero la maternidad se convierte en la excusa perfecta para dejar de cuidarnos, para no volver a pagar mensualidad en gimnasio alguno, ni volver a asomar la cara en la peluquería.

Y yo, aunque decidí usar más tenis que tacones, más jeans que faldas y más bloqueador solar que maquillaje, también me comprometí conmigo, con sentirme linda así a los demás me les parezca a cualquiera del elenco del chavo del ocho.

  1. El ermitaño:

Las mamás, de repente, nos sentimos con derecho a volvernos amargadas. No contestamos el teléfono, y en la calle parecemos escondernos de la gente. Decimos que la maternidad es un proceso que nos toca vivir solas, y nos quejamos porque las amigas sin hijos no voltean ni a mirarnos, pero cuando algún alma se quiere unir al clan, preferimos no recibir consejos, nos cuestan las opiniones ajenas y preferimos nuevamente la soledad.

  1. El despiste:

He echado el tetero a la basura mientras sostengo un pañal sucio en la mano, y he llegado a la habitación del menor en una carrera excepcional para frenar en seco y pensar “¿a qué venía yo?”. Dicen que en el embarazo el cerebro femenino disminuye su tamaño hasta en un 7%, y aunque aseguran que no se debe a la pérdida de neuronas, yo estoy por asegurar que la maternidad disminuye las capacidades cognitivas o esa capacidad miltitarea de la que tanto hacíamos alarde antes del primer hijo.

 

Cada una sabe de qué más cosas culpa a la maternidad, pero estoy segura que es nuestro mejor escudo, la excusa que nos permite dar lora y echar cantaleta extra, la píldora que nos canoniza eternamente, y la capa para torear los desafíos o para lucir los súper-poderes que nos caracterizan.

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amosermama

3 de comentarios

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  • Excelente y hermoso! Aquí estoy leyendo mientras mi hija me llama diciéndome que ya está lista: pijama, dientes, aparato… Qué suba pues a leerle un cuento…

  • Caro excelente, me encantó! No me lo había podido leer por aquellas ocupaciones de la maternidad (mi excusa del momento)… Coincido plenamente contigo, especialmente en lo de los kilos de más y la flojera para trasnochar y, por supuesto, tengo varias cosas más que escudo en mi maternidad, pero así y todo con las quejas, “amo ser mamá” y no cambiaría mi rol por nada del mundo.
    Un abrazo!

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