Diccionario

Que yo escriba sobre cómo acompañar a los niños para que crezcan con mentalidad flexible podría sonar a contradicción o a ironía. Hasta que fui mamá, me comporté como una persona rígida. De las que desde el viernes, planea en agenda toda la semana siguiente, de las que le gusta llegar con tiempo más que a tiempo, o de las que antes de viajar diseña un plan en hoja de Excel con las actividades de cada día. A esos comportamientos que podrían ser síntomas de rigidez mental, se le suma la sensación de frustración cuando lo planeado en la agenda no se cumple, el juicio en contra del que no llega a tiempo, o perderse de experiencias sorpresa en los viajes. Lo que demuestra que tiendo a la cuadrícula más que al espiral.

La maternidad llegó para demostrarme que los árboles torcidos se pueden enderezar y los loros viejos pueden aprender a hablar. Con la nueva vida que trajeron mis hijos, comprendí que la evolución y la ciencia tienen razón, al resaltar que sobreviven aquellas especies con mayor capacidad de adaptación. La flexibilidad es definida como “Capacidad de doblarse sin partirse” o “Facilidad de adaptarse a distintas situaciones” y yo creo que nosotros, los que en esencia somos estructurados, respondemos al sistema de causa-efecto y creemos controlar nuestra cotidianidad, terminamos partidos y desadaptados.

Es por eso que a partir de los hijos, elegí abrir la mirada y pensar en estrategias para que ellos tengan la oportunidad de crecer en un entorno flexible, con muchos caminos para llegar a la misma meta, sin miedo y con tolerancia. La mente, así como los músculos del cuerpo, no se hace flexible de repente sino que hay que entrenarla a través de ejercicios de estiramiento hasta alcanzar la flexibilidad deseada o la suficiente para vivir más feliz.

Las ideas que hoy rescato de nuestra cotidianidad podrían ser un plan de entrenamiento para mentes flexibles y como plan, la idea sería practicar una o varias durante un periodo considerable para comprobar si funciona, pues estoy segura que en cada niño el resultado será diferente.

  1. El plan del día:
    Desde muy pequeños, les cuento a mis hijos lo que vamos a hacer en el día, o en las horas siguientes. Para marcar ritmo, para que sepan lo que viene, para evitar ansiedad y para dar seguridad.Y cuando algo de lo mencionado se sale de su curso o no sucede, también les digo que hubo un cambio: “recuerdas que dijimos que en íbamos a clase de tenis,  no vamos a ir porque está lloviendo y la cancelaron, ¿Qué te gustaría que hiciéramos en la casa?”
  2. Las rutinas:
    Procuramos generar rutinas de alimentación, diversión y sueño y repetir acciones sistemáticamente para convertirlas en hábitos. Es importante que dentro de esas rutinas existan modificaciones, que no excedamos el uso del reloj para medir los tiempos sino que sigamos el ritmo del niño a partir de la observación. Si usualmente coloreamos o jugamos con plastilina en silencio, podemos poner música algunas veces, o cambiar de espacios para que haya variaciones sutiles que dejen el mensaje de que divertirse tiene muchas formas posibles.
  3. Sin exceso de instrucciones:
    Las mamás nos excedemos en deseos convertidos en órdenes y he comprendido que tiene más coherencia establecer normas claras que con el tiempo no haya que repetirlas verbalmente, que se conviertan en modos de hacer. Pues si cada actividad de los niños está mediada por nuestras instrucciones sobre cómo queremos o esperamos que hagan las cosas, su mente se irá al extremo de la rigidez, muchas veces, por sentar su posición, por expresar que son diferentes a lo que nosotros queremos que ellos sean.
  4. Sinónimos:
    Nombrar ha sido para mí y mi familia una manera de crear. Así que he comprobado que al presentarles diferentes maneras de expresar la misma idea, ejercito las mentes de los que conversamos en mi casa, incluyendo la mía. De paso, es un excelente ejercicio de lenguaje.
  5. Otro final para ese cuento:
    Proponer juegos en los que la flexibilidad sea la regla es importante ya que es a través del juego que los niños comprenden la realidad y la adaptan a su propia manera de vivir.  Les propongo entonces que terminemos ese cuento de otra manera, o que nos inventemos otro comienzo para esa historia. Preguntas como “Y qué pasaría si…” son buenas para proponer que las cosas no siempre suceden como esperamos y observar la reacción de ellos frente a ese supuesto.
  6. Otro uso para ese objeto:
    Cuando los niños comienzan a reconocer para qué sirven las cosas, o qué se hace con diferentes objetos, es buena idea preguntarle qué otras cosas se podrían hacer con ese mismo objeto. Además es un buen tema para poner al momento de comer, porque todos nos entretenemos imaginando posibles usos.

Seguramente hay muchas más ideas para estimular la flexibilidad como parte de la vida. Creo que desde lo simple y lo cotidiano es posible hacer grandes transformaciones, entonces hacer excepciones, explicarles que a veces las cosas no son como esperamos y que debemos pensar qué hacemos nosotros para sacarle provecho a la nueva situación en vez de enojarnos porque no sucedió cómo esperábamos.

La flexibilidad de pensamiento es una herramienta que permite adoptar diferentes estrategias y cambiar de rumbo cuando lo que estamos haciendo nos aleja de nuestra meta. Cambiar de observador, mirar las cosas desde diferentes puntos de vista, tolerar la incertidumbre y aceptar lo desconocido son cosas que debemos empacar en la maleta de nuestros hijos para permitirles ser niños con mejor actitud, capaces de aceptar errores y cambiar de opinión para acercarse a lo que quieren ser. Niños que ejerciten su potencial y lo estiren hasta donde quieren estar. Niños más felices.

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amosermama

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