¿Cómo invitar a los niños a jugar?

Jugar por jugar, sin objetivo cognitivo alguno es el deseo y la necesidad de todo niño. Pero las mamás debemos estropear lo simple, porque nada puede ser tan simple si somos mamás.

Queremos aplicar tratados sobre cómo lograr que nuestro hijo memorice los nombres de los huesos del cuerpo humano mientras jugamos con un esqueleto de museo como si nuestra casa dejara de ser residencia nuestra para convertirse en enciclopedia abierta, porque el hijo de cada mamá tiene que ser brillante, juegue lo que juegue.

Es entonces cuando el juego no puede ser patear una pelota porque muchas mamás necesitamos que haya conocimiento académico evidenciable como resultado del juego. Es decir que además de necesitar que el niño se entretenga por determinado tiempo, las mamás necesitamos que de ese juego resulte una lección de clase, bien aprendida.

Por eso no sé qué responder a la pregunta de cómo he logrado que mis hijos armen “barcos” con fichas de construcción o se sepan los nombres de los animales de la selva. Pues no he sido yo quien lo ha logrado. Han sido ellos quienes me han mostrado qué les gusta, para yo saber qué regalos recomendarle a los abuelos que les den en sus cumpleaños. Me arriesgo entonces a hacer un listado de lo que nos ha funcionado, a ellos o a mí, a la hora de proponer un juego:

  1. Jugando:

Yo creo que antojar a los niños de jugar es posible si nosotros jugamos primero. Algunos lo llamarán ejemplo, otros imitación, otros envidia, y otros provocación. Pero cuando un papá se sienta en el piso a pintar en un papel blanco grande, es altísimamente probable que sus hijos, o alguno de sus hijos se anime a preguntarle:

  • ¿Qué haces pa?
  • Jugar con esos marcadores ¿quieres pintar conmigo?

Puede que el hijo no se lance sobre los marcadores a pintar una jirafa perfecta, pero sí puede que ensaye alguno o que le pida al papá que le dibuje a Rayo McQueen o un cocodrilo, ante lo que el papá quedará mudo, pero habrá logrado encontrar una motivación para conectarse con su hijo.

  1. Palabras adecuadas:

Proponer un juego no puede por ningún motivo, sonar a cantaleta, imposición, o agenda ajustada a las necesidades de la mamá. Y tampoco puede sonar a la decisión más importante del día de un niño. Porque a veces sucede (por no decir que le ha pasado a una amiga, o por no reconocer que me pasa frecuentemente) que las mamás les demos tantas opciones tan atractivas a los niños, que no logren inclinarse por una u otra.

Me han servido cosas más sensatas como:

  • ¿Qué tal si vamos al parque a coger hojas y piedras?
  • ¿Quién quiere armar conmigo un puente con las fichas de madera?
  • Tengo una idea, leemos el libro de los dinosaurios y después pintamos uno?

Siempre he creído que la manera de decir las cosas es más determinante que el contenido de lo que queremos decir. Así que cada una encontrará la manera de proponer de manera transparente y tranquila.

  1. Sin reloj ni línea de meta:

Como solemos ser atravesadas, las mamás les proponemos a los hijos sacar témperas, pinceles, arcilla y demás, cuando falta media hora para irnos de la casa. O peor aún, proponemos jugar plastilina esperando que ese molde de tiburón quede perfecto para dejar endurecer y colgar en el árbol de navidad. Y al estallar la pataleta cuando decimos que hay que guardar y limpiar el caos, o cuando decimos que no quedó bien hecho el molde también estalla el drama y la frustración porque “mis hijos no me juegan” o “no les gusta jugar conmigo” o peor “sólo les gustan juegos inoficiosos”. La clave para mí está en proponer lo que se pueda hacer sin afán y en no esperar ningún resultado que merezca ser exhibido en el MoMa.

  1. Dejándose mandar:

Lo que más me funciona para jugar con mis hijos y aprender cosas increíbles, es olvidarme de los puntos 1, 2 y 3 de este post para dejar que sean ellos quienes me inviten, quienes me den opciones, quienes pongan horas u objetivos y quienes lleven la rienda del juego, pues si yo me la paso diciéndoles que soy el piloto de este avión y tomo las decisiones que considero apropiadas para su bienestar y el mío, ellos demuestran que a la hora de jugar tienen más experiencia en pilotear y yo debo confiar y dejarme llevar.

Creo que jugar con los hijos, al igual que criarlos, no tiene nada que ver con las recomendaciones de revista sino más bien con el estilo de vida que hayamos elegido, con bajarle a las expectativas y subirle al parche, goce o disfrute del proceso.

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