¿Cómo amar los campos de verano?

Confieso que, antes de ser mamá, odié el concepto de campo de verano. No entendí muy bien porqué heredamos asuntos tan americanos como el verano y los campamentos de nombres extraños, medio scouts, donde les enseñan a los niños a hacer nudos, canciones que sólo los asistentes conocen y amigos “siempre listos”.

De estas vacaciones aprendí, nuevamente, que es mejor que las mamás decretemos pocas cosas porque tarde que temprano, la lengua nos castiga. Ahora amo los campos de verano, especialmente cuando son pasados por lluvia e implican volver cada noche a la casa a dormir en cama cómoda.

Desde los dos años y medio, Salomón va a uno y en principio juré que iba con el objetivo de ser más abierto y más sociable. En su cuarta experiencia en KaimoKarai, me demostré a mí misma que Salomón va con el objetivo menos pensado y se permite ser tan tímido como yo lo considere y tan selectivo en su aspecto social como su carácter le indique.

Así que les comparto mi lista de argumentos que me han llevado a contar con Salomón los meses para el próximo “verano”:

  1. Tribu: Así como las mamás deberíamos formar tribus, grupos de apoyo, costureros o como los queramos llamar, en los campos de verano los niños establecen vínculos que yo juré se les olvidaban hasta que Salomón me hizo la lista de los “instructores” que han acompañado su experiencia cada año:
  • Natalia se llamaba la médica del primer Kaimo, María la mona del segundo, Sergio era mi profe en el tercero y Santos es mi profe del cuarto año.

Y a esos profes, se suman los niños que él ha visto crecer cada año y los directores. Encontrarlos en la calle después del campo y decirme “él estaba conmigo en pesca” me demuestra que sí hay una tribu para sus recuerdos.

  1. Conceptos: Salomón aprendió la filosofía de un espacio diferente al colegio o la familia. “Hacer el bien sin mirar a quien”, echarse bloqueador y repelente, hacerse cargo de su equipaje, o ser consciente de quiénes preparan los alimentos, son algunos ejemplos que seguimos adoptando en casa después de la aventura.
  1. Amores: Sí señoras, soy más o menos suegra. Estas vacaciones Salomón se encontró alguien que lo esperaba en el bus, lo consentía en la fogata y estaba pendiente de él. Lo duplica en edad, no vive en esta ciudad y ella también recuerda lo que ha pasado cada año con Salomón en el campo:
  • En el 2015 ese niño me amaba, tenía 5 años, cumplió 6 y se le olvidó que yo existía y yo me lo tuve que ganar, y ahora (en 2017) está como más o menos.

Pero los niños no se enamoran como los adultos, no se obsesionan, ni se ponen monotemáticos. Se acabó el campo, y se acabó el tema con “mi nuera” hasta la próxima experiencia.

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  1. Frustración: Además de trabajar en equipo, me da la impresión que en el campo le dan duro al tema de trabajar con la frustración. Las cosas no les salen perfectas a los niños, y al día siguiente regresan a intentarlo nuevamente. Cosa que me ayuda un montón para lograr que Salomón no de por sentado que todo le tiene que salir como lo pensó, que el esfuerzo no siempre significa éxito pero que vale la pena apostarle a lo que uno quiere, y aprender a sortear los malos pasos.
  2. Gratitud: Llega tan cansado y tan mojado que se hace consciente de la delicia de cama que tiene, de los mimos de la mamá y de la dicha de una casa calientica. No es que vayan a un campo de verano a sufrir o a pasar trabajos, pero sí valoran de otra manera la vida, reconocen que tienen muchas oportunidades y que algunas veces, se quejan mucho con pocas razones de peso.

En definitiva, cada quien encuentra los argumentos necesarios para amar sus decisiones. Yo quería compartirles lo que siento que nos ha aportado el universo de los campos de verano, aunque sólo conocemos uno y no necesitamos saber más para contar los meses que faltan para otro verano con otra aventura de este tipo.

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