Vida de Barrio Actual

A los que crecimos yendo a comprar paleta a una tienda, que en realidad era el garaje de una vecina, nos cuesta tener que montarnos en el carro y planear logísticamente una ida a comer helado con los hijos.

Viví parte de mi infancia en un barrio sin rejas ni porterías, donde los niños ponían piedras para cerrar la cuadra y jugar un partido de fútbol, donde timbrábamos a la vecina para pedirle una taza de azúcar porque venía visita, o para que nos prestara el perro y sacarlo a jugar con nosotros. Y otra parte de mi infancia, mi adolescencia y mi adultez han transcurrido en unidades cerradas, con vigilantes que anuncian quién tocará a mi puerta en unos minutos, con canchas de fútbol cercadas, normas que van desde no gritar en los pasillos hasta no correr por los parqueaderos y vecinos cuyos nombres mi memoria no alcanza a almacenar.

Hay cosas buenas en ambos mundos y las decisiones de cada familia son sus mejores verdades porque se adaptan a su estilo de vida y a sus creencias. Pero creo que el exponencial número de niños que crece en unidades cerradas, amerita una reflexión al respecto. Por ahora, mis hijos crecerán en parques infantiles de condominios, subirán y bajarán ascensores, a sus visitas las anunciarán desde la portería, y tendrán que respetar un manual de propiedad horizontal. Y de esa infancia en unidad cerrada rescato cierta sensación de seguridad que, creo, voy a sentir cuando salgan sin mí a jugar con los vecinos; o algunas normas que les exigen pensar en los que nos rodean al momento de ejercer su libertad.

Pero soy una mujer romántica y se me ocurren ideas para mantener la “vida de barrio”, esa de un vecindario que se parece más a una comunidad que a una casualidad, y esa que resignifica las calles como espacios públicos y los vecinos como parte de nuestra red social.

Les comparto 5 experiencias con mis hijos que me han servido para hacer de esta unidad residencial nuestra mejor versión de un barrio:

  1. Compartir con los vecinos de sus edades: A veces las mamás bajamos a los parques para estar con nuestros hijos y, como somos acaparadoras del tiempo y el espacio de nuestros hijos, no les permitimos jugar con sus vecinos, que se constituyen en uno de sus círculos sociales de la infancia, o en sus futuros amigos de la adolescencia, o en sus primeros amores, o en sus amigos para toda la vida. Entonces me propuse bajar con mis hijos al parque para dejarlos jugar con otros niños, para observar desde lejos como se relacionan con otros o para darles ideas de algunos juegos que les pueden proponer a sus pares.
  2. Caminar por el barrio: Vivimos en unidades cerradas que hacen parte de un barrio y, por lo general, los niños escasamente van a la esquina a pie. Así que hemos aprendido a caminar por nuestro barrio, y aunque no tenemos una vecina que venda paletas, caminamos a la heladería más cercana. Estoy convencida de que eso les genera consciencia de ciudad y de entorno, y les ha enseñado a conocer y respetar señales de tránsito, pasos peatonales y la calle como parte de la vida.
  3. Zonas verdes o parques públicos cercanos: Buscamos zonas verdes o parques infantiles públicos cerca y los usamos para cambiar de ambiente y para apropiarnos de éste barrio que habitamos. Y allí hemos hablado de la importancia de llevarnos las basuras que generemos, hemos compartido con perros ajenos y hemos conocido otros vecinos del sector. Además podemos comer empanaditas o mango biche de algún carro que pase por ahí.
  4. Juegos tradicionales de barrio: Me gusta contarles a mis hijos lo que yo hacía cuando tenía su edad, y eso nos ha servido de excusa para recurrir a juegos tradicionales como la golosa. Pintamos con tiza una golosa en el pavimento de nuestra unidad, salimos a montar en bicicleta, o a buscar piedras por todas las zonas comunes de nuestro conjunto residencial. Y así yo siento que los conecto con mi propia infancia.
  5. Ventas puerta a puerta: El Halloween es la única oportunidad reconocida de timbrar donde todos los vecino y al menos saludarlos. Así que nos inventamos otra oportunidad y es vender algo. Es un aprendizaje doble: el hijo mayor ha recogido dinero para algo que quiere y ha tenido la excusa perfecta para tocar a la puerta de los que viven cerca, vencer la pena y ofrecerles un producto a cambio de dinero. Sólo hemos vendido aguacates producidos en casa de mis papás, pero ha sido toda una experiencia que quiero repetir pronto.

No aspiro a que tengamos la vecindad del chavo, donde nos sepamos la vida privada de todos los vecinos, pero me gustaría que seamos más conscientes de que compartimos la vida de alguna manera con esos vecinos. Creo que la vida de barrio de esta época es diferente y la disfruto como tal, y creo que hay cosas de la vida de barrio de mi infancia que puedo compartir con mis hijos, generando en ellos otro contacto con la realidad que los circunda.

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amosermama

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