Anticipar: una manera empática de poner límites

Informar a un niño sobre lo que viene, comunicarle la conducta esperada, y acordar con él el tiempo de ejecución, es algo que nos corresponde a los padres a la hora de poner límites.

Es abrumador ser niño. Los adultos tienen un ritmo diferente, deben cumplir compromisos, se dejan imponer expectativas sociales y esperan que los niños respondan a esas lógicas antinaturales de manera natural. Las normas y los límites parecen caer del cielo, en el momento menos indicado y con el tono más inapropiado para que los niños puedan entender qué es lo que esperamos que pase y, aunque no estén de acuerdo, acepten nuestro liderazgo.

Imaginemos que un niño está jugando y de repente la mamá impone que ya es hora de dormir. Comienza a recoger sus juguetes o a ponerle la pijama al chico, y él alarmado demanda lo contrario. Se trata de una norma que un adulto dicta a un niño, y la manera de dictarla, convierte esta situación en una lucha de poderes donde cada uno está procurando lograr que se imponga su postura y que ese punto sea a su favor.

Imaginemos que ese mismo niño está jugando y su mamá juega con él.

  • Hijo, vamos a jugar 10 minutos más y nos prepararemos para dormir – dice la mamá.
  • 10 minutos son muy poquitos – responde el niño.
  • 10 minutos es cuando esta manito larga del reloj llegue a este punto. Si quieres jugamos entonces 12 minutos que es cuando la manito larga del reloj llegue un poco más allá – le dice la mamá señalando las manecillas de su reloj.
  • Está bien – acuerda finalmente el niño.

Se concentran nuevamente en el juego y faltando 5 minutos la mamá le hace saber al niño que faltan tantos minutos como dedos tiene su mano. Se llega la hora y la mamá le notifica al niño que es hora de interrumpir el juego para ponerse la pijama.

En ambas situaciones el niño no quiere dejar de jugar para ponerse la pijama, pero en la segunda el niño acepta la norma con una actitud más serena. Tengo la certeza de que el niño no sólo tuvo tiempo para jugar más con su mamá, sino que ese tiempo le permitió aceptar a su ritmo que ya era hora de terminar.

Anticipar es avisar lo que sigue de manera contundente, respetuosa y, en especial, clara para nuestro pequeño interlocutor. Tampoco tendría sentido la estrategia de “10 minutos más de juego” con un niño de menos de tres años cuya noción del tiempo es otra y para quien un reloj no marca nada más que la mano de su mamá. Con un bebé podría ser mejor narrar que “en un ratico” vamos a comer y cuando se llegue el momento contarle qué sigue, para que él asocie eso que le contamos con los hechos que van pasando.

En nuestra familia nos ha funcionado narrarle a los hijos entre 0 y 2 años lo que va pasando, y entre los 2 y los 4 comenzar a programar algunas situaciones desde el tiempo. Mostrando los minutos con los dedos de las manos o en el reloj, además se nos ha convertido en un ejercicio matemático rico para el aprendizaje.

Así como hay una etapa del desarrollo en la que el niño no cuenta con las estructuras cognitivas y conductuales necesarias para comprender el concepto del tiempo, hay circunstancias en las que el niño no podrá aceptar esa negociación con tanta facilidad. Medir el cansancio, el hambre y otras necesidades de atención de un niño antes de definir un límite, es fundamental para trazar metas logrables y evitar conflictos innecesarios.

Reloj digital o análogo, dedos de las manos o simplemente unas cuantas palabras pueden servir para negociar los límites de tiempo con los niños. De esta manera no se está negociando la conducta esperada, por ejemplo bañarse, sino el momento para hacerlo.

Dicen que guerra avisada no mata soldado. Y aunque repudio el consabido “te lo dije” creo que anticipar, en materia de disciplina, es la posibilidad de llegar a acuerdos previos que sean aceptados por el niño y que el adulto pueda cumplir al llegar el tiempo pactado.

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