A Solas

Pasaré seis días fuera de casa. Sin los hijos y sin el esposo. Y encontré, o me tocó encontrar, a lo que soy sin ellos.

Uno se hace mamá, y de manera natural su energía, su cotidianidad, sus emociones y sus planes se concentran en el hijo. Los primeros meses por asuntos de supervivencia, y los primeros años por las decisión de acompañar de cerca el camino recorrido por los hijos. Entonces tomar distancia física de los niños, hace parte de los dilemas de la maternidad: la pregunta sobre retomar labores fuera de casa, las peripecias para salir a comer con el esposo o con amigas, la decisión de tomar una avión sin los hijos, y las separaciones diarias que a algunas les cuestan más que a otras, pero a todas nos cuestionan de una u otra manera.

Ya he asumido labores fuera de casa, y he renunciado a ellas invadida por la culpa. Ya las he retomado cuando he considerado necesario para mi salud mental. Ya he ido a cine con el esposo, y de fiesta con las amigas, ya he viajado sin hijos, y ya aprendí a despedirme de ellos cada mañana con la convicción de no ser una desalmada.

Creo que aunque una mamá trabaje fuera de casa o esté separada físicamente de sus hijos, la emocionalidad y la energía se mantienen junto a ellos. Dice Laura Gutman que un niño habita el mismo territorio emocional de su mamá durante los primeros años de vida, de donde yo intuyo que lo que siente la madre lo percibe el niño como un sentimiento propio. Y es ahí donde considero que las distancias físicas esporádicas, no son del todo dañinas, ni para el niño ni para la mamá.

O al menos eso quise creer cuando decidí viajar por una semana sin hijos, y sin esposo. Eso sí, uní todos los pretextos posibles para hacerlo: un curso que espero me llene de herramientas (y de paciencia) para aquello de criar sin premios ni castigos, reuniones laborales, y la posibilidad de pasar unos días en una ciudad que amo y que me ofrecía un concierto histórico, un festival de teatro y varios amigos por re-encontrar.

Con esas excusas empaqué maletas sin asomo de culpa. Y no me imaginaba yo lo que sería una semana, con sus días y sus noches lejos de lo que por 10 años, he llamado “mi casa”. Más allá de disfrutar comer sin afán, de no preocuparme porque un vino de más sea cobrado con creces mañana jugando a las 6am, de caminar a mi ritmo y entrar a los lugares que yo elijo; he disfrutado de mi presencia. Conversaciones internas que me hacen reír sola mientras camino, un café mientras escribo en un individual de papel para organizarme, ideas de negocio con colegas que siempre había querido conocer, sentarme en un murito a ver pasar gente sin pensar mucho, revisar mis manos y recordarlas cuando me comía las uñas, y ver llover por más de tres minutos sin correr a cerrar ventanas y a buscar botas y chaquetas de los niños.

Antes de amar ser mamá, amé ser esposa, y antes de eso, amé (y también odié) ser yo. Así que entendí que para conectarme con el que ama ser papá y con los hijos, hay que empezar por ordenar la casa, por encontrar mi centro, por recorrer sin culpas y sin mitos el camino de vuelta a mí. Porque la maternidad es eso, la posibilidad de ser familia sin dejar de ser uno, la maravilla de contener la vida de los hijos mientras se expande la propia, la dimensión desconocida de ver tus miedos y tus talentos todo el tiempo reflejados en tus hijos, la capacidad de hacer equipo con un papá y de cultivar una relación como pareja, y la claridad de que todo ha valido la pena porque uno como ser humano es más grande, y más noble y más humano.

Yo sigo siendo sin ellos y sin él, y me gustó conocerme así.

Acerca del autor

amosermama

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Amo ser mamá. Todos los derechos reservados © 2014. Más información en info@amosermama.co    heart    Hecho con amor por Furore - Agencia Digital.