Alabar vs. Animar

Yo veo a mis hijos divinos y me asombra lo inteligentes que son, o lo hábiles, o lo juiciosos, o lo artistas o deportistas. Sé que no soy la única.

Si fuera por el amor que sentimos los papás, si la belleza o la destreza se midiera desde lo que nos produce verlos reír, lo que nos inspira ver su esfuerzo, lo que nos recompensa escuchar sus ideas, o lo que nos enorgullece verlos crecer, carecería de sentido toda competencia, concurso y campeonato, ya que para todo papá su niño es “el más”.

Pareciera que en el ADN de la maternidad/paternidad hay sobrecarga de halagos y elogios. Mis papás no fueron la excepción, y crecí convencida de ser hermosa, inteligente y talentosa; pues como buen niño, lo que dijeron mis papás sobre mí, fue ley divina. No se me ocurre decir, de cuenta de esto, que mis papás se tiraron en mí. Lo que creo es que hicieron lo que hacen los papás. Y aunque juré ser muy objetiva con respecto a los atributos y las habilidades de mis hijos, me he pillado diciendo “¿quién es el niño más lindo del mundo?” “me siento súper orgullosa de ti” o admirando mamarrachos “qué dibujo tan divino! Eres un gran artista”… acto seguido, me burlo de mí misma y me siento una de las personas más ridículas que conozco.

Así que escribo esto para que haya testigos, para que si me ven por ahí pasándome de aduladora, puedan señalarme como bien lo hacemos las mamás cuando otra la está embarrando. Señálenme en estas cinco cosas en las que he hecho consciencia de mi herencia halagadora, algunas de ellas en camino de mejorar, y otras en las que me declaro con lobotomía irreversible:

  1. Sobre la belleza:

Aunque en conversaciones en las que no participan los niños, seamos capaces de reconocer que sus orejas son más grandes de lo que quisiéramos, o conversando con la almohada nos preguntemos si la nariz le irá a quedar así de bonita, a nuestros hijos nunca les describimos su cuerpo o su aspecto físico con objetividad. No he visto a la primera mamá diciendo “tu pelo me parece bonito, aunque eres muy bajito para tu edad”. Así que seguiré diciéndole a mis hijos lo lindos que me parecen, y procuraré aclararles que con el amor que les tengo es imposible notar algún asomo de feura en ellos. Y le echaré la culpa al filtro del amor para no ser yo la responsable de que no levante mucho cuando sea un púber de brazos desproporcionadamente largos, la nariz brote visualmente, tenga acné, manzana de adán protuberante (alguien que me explique semejante adefesio biológico) y pa rematar su voz cambie y elija enmudecer.

  1. Sobre el arte:

Las mamás somos perfectas para interpretar dibujos de nuestros niños. A todo le ponemos un nombre y además un adjetivo que lo califica en exceso: “ese dinosaurio naranja es el más lindo que he visto” y puede que el niño no haya pintado un dinosaurio sino un monstruo que pretendía que fuera miedoso y no lindo.

En mi defensa, hago el ejercicio de preguntarles sobre lo que dibujan antes de deshacerme en piropos sobre los garabatos. “Aquí qué pintaste? O quién es este?” me funcionan para conversar sin echar tanta flor, y describir lo que veo también es un buen ejercicio “un círculo grande con tres líneas rojas” puede ser mejor que “qué belleza ese sol que pintaste” pues además les doy la posibilidad de pintar más allá de mis esquemas mentales sin sentirse frustrados porque jamás pintaron un sol sino un robot o lo que sea que se cruce por su mente.

  1. Sobre las habilidades físicas:

Tengo que confesar que el mayor se apasionó por el fútbol, y no precisamente por su talento sino más bien por pertenecer a su grupo de amigos. Verlo correr de un lado a otro de una cancha sin tener el balón, además de darme la ilusión de que llegará dormido a la casa, me conmueve. Quisiera gritarle delante de todos que es el nuevo James para lograr que siga poniendo tanto empeño en hacerlo mejor, pero afortunadamente me detengo sabiendo que él seguirá poniendo su empeño en el fútbol independientemente de lo que yo grite en una gradería. En estos casos, alabarlo lo convertiría en un dependiente del piropo para sentirse cómodo y lo despojaría de su propio interés por hacerlo cada vez mejor.

  1. Sobre las habilidades cognitivas:

Un niño se adapta al entorno sin mayores cuestionamientos , cuando ve a sus amigos más queridos leyendo o sumando, y él aún no lo ha logrado dará todo de sí para tener más cosas en común con sus amigos. No es falta de carácter, ni ansias de sobresalir, se trata más bien de la condición humana de comprar nuestros procesos con los de nuestros pares. Entonces cuando el hijo mayor hace un esfuerzo enorme por leer una palabra, y en el camino se salta una letra, no grito eufórica “ lees perfecto!” y tampoco le digo “te saltaste una letra o leíste mal”. Prefiero nuevamente describir lo que pasó y valorar el proceso “has practicado mucho leyendo nuevas palabras” “vuelve a revisar que no te haya faltado ninguna letra por pronunciar” o le cuento que cuando yo era niña siempre confundía la S con la C al momento de pronunciarla.

  1. Sobre su esencia:

Ojalá todas las mamás fuéramos conscientes que amaremos a nuestros hijos así se coman las matas y rayen las paredes. Pues entonces ellos no sentirían que nuestro amor depende de su comportamiento sino que lo trasciende. Dejaríamos entonces de decir “Me gustó como hiciste eso” o “eres un niño tan bueno” para decir “gracias por ayudar”. Porque la responsabilidad del niño no es complacernos ni la nuestra manipularlos con lo que elegimos sentir con sus conductas. Un niño es niño y tiene comportamientos adecuados e inadecuados según el contexto y las expectativas de los adultos, y los adultos deberíamos aprender a dejarlos ser niños hasta que crezcan y si tenemos algo que decir, que vaya más en la línea de describir lo que notamos que está bien, en darles confianza y en agradecerles cuando cooperan.

 

Pues me estaba pillando tanto a mí misma con las manos en la masa del halago, que estudié juiciosa sobre lo que aprende un niño cuando es alabado versus lo que aprende el mismo niño cuando es animado: Cuando los halagamos los niños interpretan que lo importante es el resultado y no el proceso, se sienten amados por la aprobación del desempeño, generan dependencia a esa aprobación externa, actúan esperando el aplauso y no la satisfacción personal, o desarrollan el gran temor a no satisfacernos. Y aunque me parezcan divinos, juiciosos, excelentes o brillantes, no quiero que dependan de lo que a mí me parece que son, para que puedan ser lo que elijan en su camino.

 

Según la Real Academia de la Lengua Española, alabar es “elogiar, celebrar con palabras” y animar es “incitar a alguien a una acción”. De poder elegir, elegiría la segunda para poner en práctica con mis hijos, pero pasa tanto que las mamás no elegimos lo que hacemos de manera consciente que probablemente me siga dedicando a eso de piropear y aplaudir cada cosa que hagan mis hijos, porque créanme, ¡son los más!

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amosermama

2 de comentarios

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  • ¡Nos encanta tu blog, ‘Amo ser mamá’! Es una gran herramienta para transmitir experiencias a las futuras madres, a las primerizas y a las que ya llevan su tiempito en esta hermosa tarea. Qué rico poder leer tus escritos. Cuando quieras, puedes darte una pasada por nuestra página http://www.arbolabc.com, para que juegues con tus niños en nuestras actividades interactivas. ¡Un saludo!

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